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Abbas, la última esperanza del sionismo

aPublicado en El Milenio (México) en enero 2005.

Abbas, la última esperanza del sionismo

Yakov M Rabkin

Montreal

Las últimas elecciones en territorios ocupados de Palestina inauguran una nueva época en el advenimiento de la democracia. Ellas demuestran que se pueden llevar a cabo procesos electorales aparentemente normales en el marco de una ocupación militar. Incluso si las ofertas presentadas ante la población son muy restringidas y el poder del elegido se ve severamente limitado por la preponderancia de las fuerzas de ocupación, las elecciones deben servir ante todo para demostrar que la población ocupada goza de sus derechos democráticos habituales. No faltará quien diga incluso que es gracias a esta ocupación esencialmente benigna y civilizada que los palestinos han podido conocer elecciones verdaderamente democráticas.

En el contexto de la complicidad por momentos conmovedora entre la administración de Ariel Sharon y la de George Bush, no debe sorprender que el proceso electoral que las fuerzas de ocupación han previsto en Irak para el próximo 30 de enero refuerce la imagen del ocupante civilizado. De todas las razones que el presidente Bush invocó para poder desatar la invasión de Irak –las armas de destrucción masiva, los vínculos entre Sadam Husein y Al Qaeda, el peligro que representaba el régimen iraquí para la seguridad de Estados Unidos– sólo queda una que podría convencer a sus críticos: el transplante de la democracia en Oriente Medio. Es por esta razón que hay que ver las elecciones en la Palestina ocupada como una repetición general de las elecciones en Irak y, quién sabe, como una marcha, necesariamente una marcha forzada, de los países árabes y musulmanes hacia la democracia

Calma posible

Además del contexto regional, ¿cuál es el signifiado de la elección de Mahmud Abbas a la presidencia de la Autoridad Palestina? Al reemplazar a Yaser Arafat, Abbas le muestra al mundo que los palestinos pueden elegir un presidente moderado. La administración Sharon, acompañada como es habitual por la de Bush, insistía que Arafat era « un obstáculo para la paz ». Hoy, Abbas debe probar que él no lo es. El secretario de Estado saliente de Estados Unidos, Collin Powell ya lo conminó a imponer el control sobre la resistencia armada palestina. Y dado que Hamas aprobó las elecciones, es de esperar que Abbas – que no tiene ningun poder coercitivo de controlar la resistencia – goce sin embargo de un cierte periodo de calma. Pero la calma nunca es unilarteral, y es el ejército israelí el que debe sobre todo restringirse.

Hay que recordar que fue el mismo Sharon el que provocó la segunda Intifada con su aparición – protegida por un millar de policias – en el Monte del Templo, en septiembre de 2000. Asi se encendió la mecha de un cóctel explosivo de frustraciones de los palestinos que veían a sus territorios encogerse bajo el efecto conjunto de la colonización sionista de los territorios ocupados y la aplicación eficaz por parte del Estado de Israel de una red carretera reservada a sus colonos. Fue bajo los gobiernos laboristas que esta colonización comenzó, hasta alcanzar una expansión espectacular. El proceso de paz de Oslo, inaugurado con tanta esperanza, no hizo más sin embargo que acelerar la colonización. El número de colonos se duplicó. Es como si dos hombres negociaran cómo compartir una pizza mientras uno de ellos siguiera comiendola. Habrá que acordarse de esto al evaluar el efecto de la reciente integración del laborista Shimon Peres y sus compañeros de partido al interior de la administración Sharon.

Experto en sionismo

Mahmud Abbas conoce bien al sionismo. Nacido en Safed, Galilea en 1935, fue expulsado con su familia hacia Siria durante la proclamación del Estado de Israel en 1948. Su propia historia simboliza la Naqba, como llaman los palestinos a la catástrofe que sufrieron a raíz de ese acontecimiento política y socialmente sísmico. En 1982, él defendió la tesis sobre la historia del sionismo. En ella, cuestionó la visión globalizante –y diabólica- del sionismo que a menudo anima a la propaganda árabe. Abbas sabe distinguir entre los diferentes grupos que existen en el seno del campo sionista, y cultiva los contactos con los disidentes israelíes. Distingue igualmente entre los judíos y los sionistas, retomando diferentes argumentos que los opositores judíos del sionismo articulan desde el comienzo de ese movimiento nacionalista y en particlar en relación con las reacciones sionistas al genocidio desatado en Europa bajo la ocupación nazi.

El nuevo presidente palestinos podria sembrar la duda sobre las amalgamas que aparecen cada tanto en los medios sobre el discurso público en general entre los judíos de la diáspora y el Estado de Israel. Él podría voltear hacia determinadas organizaciones judías en Estados Unidos y en Europa a fin de comprometer al gobierno de Israel para que evacúe, al menos parcialmente, los territorios ocupados.

Opciones diplomáticas

Es en el plano diplomático, el único que le queda, donde Abbas deberá actuar en ese sentido. Frente a un Estado de Israel cuya dominación militar, económica y política es total, el nuevo presidente palestino es esencialmente impotente. Es una verdad de perogrullo que en toda negociación es la parte dominante, más que la dominada, la que debe hacer concesiones a fin de llegar a un compromiso. Sin embargo, la sociedad israelí en su conjunto se verá en dificultades al desprenderse de los territorios ocupados. Esta dificultad es manifiesta en la crisis por la que atravesó la administración Sharon al hacer pública su intención de retirarse de la Franja de Gaza y de algunas pequeñas colonias de Cisjordania. Desde que esta declaración fue hecha hace ya más de un año, las fuerzas israelíes continuaron sus operaciones policiales y militares en Gaza sin que ningún soldado haya sido retirado. Las pasiones políticas en torno del retiro invocado son intensas. Pero, en el terreno nada ha cambiado, salvo que el número de colonos sionistas ha seguido en aumento.

En este contexto, la única vía que le queda por tomar emprender es la de reavivar la simpatía de las sociedades europeas que, a pesar de la actual rectitud política según la cual todo antisionismo sería tachado de antisemismo, se muestran cada vez más hostiles hacia Israel y sobre todo a su práctica de ocupación. La brecha económica entre los israelíes y los palestinos es actualmente gigantesca: 27 veces. Desde el inicio de la ocupación en 1967, los palestinos viven en un espacio monetario y militar común con Israel sin gozar de los derechos políticos propios de ese espacio. Abbas podría hacer hincapié en la malnutrición y el despojo que sufren hoy los palestinos a fin de involucrar a los gobiernos y a las organizaciones no gubernamentales (ONG) en un esfuerzo masivo por rehabilitar los territorios ocupados y su población.

La administración Bush dio su apoyo a Abbas en las recientes elecciones que constituyen un precedente precioso para los Estados Unidos, que no sabe cómo retirarse de Irak « con honor ». Abbas, exhibiendo su moderación (y, recordemos, casi no tiene otra cosa en su arsenal) podría demostrarle incluso a los norteamericanos que no son los palestinos los que impiden la resolución de ese conflicto cuyas consecuencias se extienden al mundo entero como una mancha de petróleo. Eso no es facil ya que, por un lado, los prejuicios anti-árabes y anti-musulmanes siguen siendo fuertes en Estados Unidos, y, por el otro, los recursos de los que dispone la Autoridad Palestina en materia de comunicación exterior se han mostrado más bien inadecuados en los últimos años.

Frente a la sociedad israelí, Abbas no tendría más que un incentivo: la última posibilidad que ofrece su elección de preservar el Estado sionista. Cada vez más palestinos, desesperados por la colonización continua de sus territorios históricos, abandonan el sueño de un Estado palestino y acogen la idea de una coexistencia en el marco de un Estado común que se extendería desde Jordania al Mediterráneo. Este Estado existe de hecho desde 1967 dado que la colonización ha minado la naturaleza sionista de Israel. Al haber creado un espacio común, los sionistas ya no saben cómo encontrar una solución que mantendría su control de los territorios reduciendo allí a la población árabe. Algunos han optado por la deportación pura y simple de palestinos hacia otros países árabes. « Los árabes poseen ya en más de dos docenas de países », claman sus portavoces. Pero muchos israelies, y sin duda la mayorá de los ciudadanos de los países occidentales, aborrecen la perspectiva de una deportación de esa naturaleza que invalidaría ante sus ojos toda justificación de la existencia de Israel.

No queda mas que Abbas que deberá ingeniarse para crear un Estado palestino con las migajas del territorio que les dejó la colonización sionista y convencer a los palestinos de aceptarlo como solucion final. Algunos Israelies esperan que Abbas podria movilizar la opinion internacional para imponer a Israel un retiro a las unicas fronteras legitimizadas por las Naciones Unidas y abandonar todos los territorios conquistados en las guerras.  Cualquier que sea la forma del estado palestino eventual, Abbas es la última esperanza del sionismo. Aunque algunos sionistas puedan desearlo, reducir a los palestinos a la situacion de los indigenas de las Americas no parece viable entre tanto.


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