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Tragedia en Tierra Santa

Publicado en El Milenio (México) en marzo 2008.

Tragedia en Tierra Santa

Las tragedias tienden a unir a las personas. La semana pasada, la Tierra Santa supo de una nueva tragedia: el ejército israelí mató a decenas de palestinos, algunos de ellos niños, mientras que un palestino en Jerusalén mató a ocho jóvenes judíos del seminario Merkaz Harav. Pero, esta vez, lejos de unirlos, la tragedia ahondó la división que lo que Israel  hace sigue agudizando entre los judíos

Yakov M. Rabkin*

Montreal

Conozco muy bien el colegio Merkaz Harav donde murieron los ocho estudiantes judíos. Durante mi año sabático en 1980-1981, viví muy cerca de ahí, participé a menudo en las oraciones cotidianas e iba a veces a escuchar las conferencias. Los jóvenes que ahí conocí ya son padres y abuelos, y la gran mayoría de ellos se estableció en los territorios ocupados por Israel en 1967. Las víctimas del asesinato pertenecían a la tercera generación de colonos, y para ellos los territorios, que llaman por sus nombres bíblicos Judea y Samaria, es su casa, la casa de sus padres y, en algunos casos, de sus abuelos.

No obstante, ese sentimiento de continuidad es más que una vinculación sentimental al lugar de nacimiento. Para los estudiantes de Merkaz Harav, los territorios no fueron ocupados, sino liberados. Merkaz Harav les inculca el amor a la Tierra de Israel organizando a menudo excursiones a los territorios. Los estudiantes terminan por conocer las colinas y los ríos, para identificar cada lugar físico ligado a la historia bíblica. Sin embargo, su visión es selectiva: casi no prestan atención a los millones de árabes que habitan esos territorios.

Desde hace décadas, el colegio se ha convertido en el motor de la colonización ideológica de Cisjordania y Gaza. Miles de jóvenes judíos fueron educados ahí en el espíritu de sacrificio que promueve la colonización sionista de las tierras bíblicas; entendiendo por «sionista» el movimiento político europeo que creó el Estado de Israel y alienta a los judíos al «retorno a Sión», unos de los nombres bíblicos de Jerusalén.

Muchos de estos jóvenes han desafiado al gobierno israelí al formar colonias sin autorización. Cada tanto el gobierno los ha expulsado de sus casas. Pero por lo común los políticos terminan por ceder ante el entusiasmo de los jóvenes sionistas, que, a diferencia del resto de los israelíes más bien aburguesados, son probablemente los únicos idealistas impregnados del espírtu de los pioneros. No obstante, ellos constituyen apenas 15 por ciento de la población de Israel.

Reacciones a la masacre

Entre los dirigentes que asistieron a las exequias de las víctimas no se vio ni al presidente Shimon Peres, ni al primer ministro Ehud Olmert, ni al ministro de la Defensa, Ehud Barak. Cuando la ministra de Educación, Yuli Tamir, se atrevió unos días más tarde entrar al Merkaz Harav, debió acortar su visita ante las protestas de los alumnos que la trataron de «asesina» y «traidora». Se reconoce en esto el abismo que separa a los colonos sionistas de la mayoría israelí.

Mientras muchos judíos, tanto en Israel como en otros países, denuncian al gobierno israelí a causa de los ataques en Gaza, el director de Merkaz Harav deplora «un vacío de liderazgo que debe ceder su lugar a un gobierno fuerte que refleje los intereses reales de la nación».  Precisó que no era posible ninguna partición de la Tierra Santa: «Nosotros heredamos esta tierra de nuestros patriarcas, todos los espacios que no están en nuestras manos han sido robados por los árabes». En otros términos, hay que «limpiar» la Tierra Santa de los árabes.

No es de sorprender que entre los egresados del colegio se encuentren partidarios de la deportación de los palestinos, provocadores que hostigan a los periodistas israelíes y a los peatones árabes en Hebrón; terroristas que han fusilado a alumnos palestinos en el patio de una escuela, fanáticos que quieren arrasar las mezquitas en el centro de Jerusalén a fin de erigir ahí el Tercer Templo.

Tampoco debe sorprender que al comentar la masacre, el periodista israelí Gideon Levy haya calificado al colegio Merkaz Harav de fascista y que el profesor Moshe Zimmermann de la Universidad Hebraica en Jerusalén encuentre paralelos inquietantes entre la Hitlerjugend (juventud hitleriana) y el movimiento de jóvenes que dirigen los egresados de Merkaz Harav. Uno de los primeros en levantar la voz en contra de la colonización de los territorios ocupados en 1967 fue el difunto profesor Yeshayahu Leibowitz, judío practicante y erudito, que trataba a los colonos de «judeo-nazis».

El teólogo judío Marc Ellis de la Universidad Baylor en Texas subraya el alcance universal de los valores del judaísmo: «Quienes están en contra de la opresión deben oponerse a toda opresión». Él alienta a «los judíos de consciencia», cuyo número no cesa de crecer en relación a la violencia que provoca el sionismo desde hace más de un siglo, a intensificar su oposición a esta violencia. Y llega al punto de formular un nuevo precepto: «No oprimirás a un palestino».

La crisis actual arroja luz sobre la amalgama que se esparce entre el Estado de Israel, de una parte, y los judíos, de otra, así como entre el antisemitismo y el antisionismo, una amalgama que sigue ahogando el debate político sobre Israel y Palestina.

En el umbral de las celebraciones en Israel por el 60 aniversario de la fundación del Estado, el 14 de mayo de 1948, qué mejor momento para ya no tratarlo de «Estado judío» o de «Estado hebreo», de despegarlo de la historia de la Shoah [el Holocausto o exterminio de seis millones de judíos por los nazis], cuya memoria es invocada cada vez que se intenta criticar a Israel. Muchos judíos, tanto en Israel como en otras partes del mundo, se sentirán aliviados, puesto que ellos se oponen a lo que Israel ha sido y ha hecho. Se podrá entonces juzgar a las políticas de Israel como se juzga a las de cualquier otro Estado en el mundo. Después de todo, se lo debemos a los fundadores del Estado sionista que aspiraban a esta normalización apasionadamente.


* Catedrático de historia en la Universidad de Montreal, autor del libro Amenaza interior: historia de la oposición judía al sionismo, que recibió nominaciones par el Premio literario del Gobernador General de Canadá (2006) y para el Premio Hecht (Israel) para obras sobre el sionismo (2008).


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