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Una confusión peligrosa y provocadora

Publicado en El Milenio (México) en abril 2005.

Una confusión peligrosa y provocadora

Yakov M. Rabkin*

Hace algunos días, la policía israelí prohibió un acto que consideró podría ser provocador. Una organización de colonos había convocado a miles de sionistas judíos a subir al Monte del Templo en Jerusalén pero la policía bloqueó la iniciativa. La prohibición enfureció a los colonos y a sus simpatizantes: «El Estado de Israel es hoy incapaz de asegurar su soberanía en el lugar más sagrado del judaísmo porque él se ha sustraído de sus deberes de guardián de la fe judía», deploró Ilan Saada en la estación de radio de los colonos Aruts 7. «Cuando el gobierno renuncia al poder que le confiere su mandato de dirigente y de guía del Estado judío, renuncia también a representar al pueblo judío». Esta crítica representa la opinión de los que ven en el Estado de Israel el cumplimiento del sueño mesiánico judío y, a la vez, el garante y portaestandarte del judaísmo.

En efecto, los líderes israelíes hablan a menudo «a nombre del pueblo judío» y se esfuerzan en crear una confusión entre los israelíes de un lado y los judíos de la diáspora del otro. Ellos postulan que Israel es «el Estado del pueblo judío» antes que el Estado de sus propios ciudadanos. Sin embargo, según el filósofo israelí Joseph Agassi, «cuando se habla del Estado judío para designar a Israel, esto da lugar a una confusión tan real como peligrosa entre la fe y la nacionalidad».

Es por ello imperativo disociar a los judíos y al judaísmo del Estado de Israel así como de su conducta. Hay que hablar de «el Estado de Israel » y del «lobby sionista» más que de «el Estado judío» y del “lobby judio”. Cuando, a finales del siglo XIX, los sionistas llamaron a los judíos a reunirse en Palestina con el objetivo de formar allí «una nueva nación», esta idea radical fue desechada por la gran mayoría de los judíos, tanto laicos como practicantes, que rechazaron por absurdo el concepto sionista de nación, una imitacion tardía del nacionalismo europeo del siglo XIX.

La mayoría de los judíos tradicionales rechazan reducir la Tierra de Israel, fuente de inspiración espiritual desde hace milenios, a un concepto geopolítico. La empresa sionista no constituye más que un episodio relativamente breve en la historia judía, apenas su culminación ineluctable. Hay judíos que temen que Israel empañe al judaísmo y sea una amenaza para los judíos tanto al interior como en el exterior del país.

Por ejemplo, para el rabino Isaac Breuer (1883-1946), uno de los pensadores más eminentes de la ortodoxia moderna, este nuevo movimiento político «es el enemigo más terrible que jamás haya existido para el pueblo judío. …El sionismo mata al pueblo y luego erige su cuerpo al piedestal» Como queda demostrado en mi reciente libro sobre la historia de la oposición al sionismo desde la perspectiva del judaismo, esta oposición no se ha extinguido en nuestros días. Millones de judíos en Israel se sienten rehenes del sueño sionista que se ha convertido trágicamente en una pesadilla. Pero este sueño afecta igualmente a los judíos de la diáspora. Sin embargo, hipotecar el futuro del judaísmo a la suerte de un Estado frágil sería miope por decir lo menos. El historiador israelí Boaz Efron nos recuerda que «el Estado de Israel, y todos los Estados del mundo, aparecen y desaparecen. También el Estado de Israel, evidentemente, desaparecerá en cien, trescientos o quinientos años. Pero yo supongo que el pueblo judío existirá tanto como lo haga la religión judía, quizá por miles de años más todavía. La existencia de este Estado no tiene ninguna importancia para el pueblo judío… Los judíos en el mundo pueden muy bien vivir sin él.»

Sin embargo, para muchos judíos del mundo, el Estado de Israel ha reemplazado al judaísmo y a su práctica. Y es este reemplazo al que tanto temen los pensadores judíos que se oponen al sionismo.

No hay que asombrarse de que la policía israelí prohíba el acceso de los colonos nacionalistas al Monte del Templo –una visita de Ariel Sharon, entonces jefe de la oposición al frente de su Partido Likud, en septiembre de 2000 a esa explanada sagrada de los musulmanes fue motivo de la segunda rebelión palestina, la Intifada. El Estado de Israel, fundado por sionistas ateos que detestan y denigran al judaísmo, no puede en modo alguno servir de «guardián de la fe judía». Y es una insensatez pensar que el mismo pueda «representar al pueblo judío». Esta confusión entre la religión y la política no ha hecho sino alimentar la violencia tanto en Oriente Medio que en otras regiones donde viven judios.

* El autor es historiador; su último libro lleva por título En el nombre de la Torá: historia de la oposición judía al sionismo (Quebec, 2004).


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